LONDRES
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Artículos - Artículo sobre Viajes

Creo que a mucha gente le sucede lo mismo que a mí: te miras al espejo y te parece que estás más o menos igual que hace veinte años: un poco menos de pelo, una sombra de papada que asoma, alguna arruga aguafiestas, pero por lo demás pareces el de siempre.

Si encima no tienes unas alegres criaturas correteando a tus pies, como es mi caso, y no eres aficionado a revisar antiguos álbumes de fotos, puedes llegar a creer que casi has conseguido detener el tiempo. Sin embargo, de vez en cuando algún acontecimiento, o simplemente la vida, te ponen en tu sitio.

Hace un par de meses tuve que viajar a Londres por trabajo y aproveché para quedarme unos días con un sobrino mío de veinticinco años que está trabajando allí. El mundo al revés: hasta hace bien poco mis sobrinos se dedicaban a gorronearme en verano y ahora soy el que chupo de casa en Pimlico.

Cuando entré en el apartamento que el muchacho comparte con otros dos colegas fue como si me hubiese deslizado dentro de la máquina del tiempo. Aquello era igual que los antros en los que vivían mis amigos que hacían prácticas fuera de España cuando acabamos la carrera, en la época que Lady Di todavía llevaba minifalda. Las mismas pilas de cajas de pizzas vacías decorando el salón, los mismos cubos de basura llenos de botellas, la misma capa de barrillo de origen inimaginable en el cuarto de año. Y las mismas ganas de marcha. Porque estos chavales, después de trabajar diez o doce horas, lo único que quieren es prender fuego a la ciudad, y que mejor excusa que la visita del tío soltero y supuestamente canalla para salir a machete.

Empiezan por llevarme a cenar a The Botanist, en Sloane Square. Público pijillo pero relajado y chicas de todas las edades y colores.  Mi sobrino y sus amigos tienen claro el menú, a la vez económico y nutritivo: una excelente hamburguesa regada con varios gin tonic. Es obvio que son clientes habituales y se acercan a saludarles un par de parroquianas galesas con botas de charol por encima de la rodilla y delantera galáctica. Nos animan a ir a tomar unas copas a Roofgardens, la mejor terraza de la ciudad, pero mis acompañantes prefieren ir a Cirque de Soir, donde al parecer hay fiesta. Es un club privado, pero ellos parecen ya tener en nomina a todos los porteros de la ciudad. Música ibicenca, paredes granates, multitudes pugnando por un mojito y…enanos bailando encima de la barra. Yo, alucinado, me acerco a uno y le pregunto si no le molesta ese trabajo. “Por lo que me pagan, tú también estarías aquí arriba bailando conmigo. En bolas”, me contesta muy serio.

Copas y más copas. Mis chicos me presentan a un ejercito de Amandas, Ulrikes y Ivanas, pero la juventud es impaciente. Ahora quieren ir a Cuckoo, según ellos el mejor club de Londres. Decoración de riguroso luto, candelabros de cristal y dos pisos en los que parece que no puede caber ni una persona más. Aquí no existe la crisis ni los recortes presupuestarios: procesiones de camareros portando antorchas y botellas de champagne Cristal se abren paso como pueden entre la multitud. Uno de nuestra pandilla, algo más bajito que el resto, se queja. Allí ninguna tía mide menos de 1, 80 y él ni siquiera puede verles la cara. Una valkiria de piernas kilométricas y cara inocente me saluda efusivamente, pero pronto me doy cuenta que me ha confundido con un amigo de su padre.

Gracias a los horarios londinenses son solo las tres menos cuarto pero yo ya no puedo más de que el gentío me amase como una croqueta. Me despido y mi sobrino y sus amigos protestan airadamente. Quieren ir a una fiesta de unas polacas donde se beben shots de vodka directamente de fuentes de hielo. Con grandes dificultades consigo escapar de sus garras y salir de allí. Llueve y, como suele pasar en Londres, no encuentro taxi pero pienso con deleite en mi cama, en lo calentito que voy a estar dentro de unos instantes.

“Mañana más”, han amenazado mis compañeros, y eso que ellos tienen que fichar en sus curros a las ocho, en apenas unas pocas horas. Siento como un escalofrío me recorre de arriba a abajo. Estamos solo a miércoles y me quedan aun varios días allí. Me miro en el escaparate de una tienda. Ahora si que me veo viejo. Eterno, más bien.   

 
Comentarios (1)
SALIDA POR LONDRES
1 Sábado, 12 de Marzo de 2011 09:37
Me hubiera encantado hacer esa salida nocturna. Estoy segura que en Madrid sería igual de divertida. ¿lo podríamos probar? luego escribiría un artículo aún más divertido

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