EXCUSAS
Artículos - Artículos sobre la Soltería
Escrito por Gervasio Posadas   

“Hola Gervasio. Ya sé que habíamos quedado mañana pero resulta que…”

Probablemente las excusas de las mujeres sean la razón (o eso prefiero pensar yo) por la que aún sigo soltero después de todos estos años.

Puede tratarse de la potencial madre de mis hijos pero en cuanto alguna chica a la que no conozco mucho empieza a contarme que no puede salir porque su tía Felisa se ha puesto mala, se me revuelven todas las tripas y mi subconsciente me teletransporta a mi más tierna infancia. 

Siendo el sufrido hermano menor de tres hermanas guapas y con mucho éxito he crecido oyendo excusas de todos los colores y formatos. Más que oyéndolas, siendo mudo testigo de cómo se elaboraban las patrañas más enrevesadas y disparatadas. Y no podía hacer nada más que sentir compasión por mis compañeros de sexo.

“La culpa la tienen ellos por utilizar semejantes tretas para quedar con nosotras”, decían mis hermanas con la frialdad de un cirujano dispuesto a trepanarte el cerebro, mientras preparaban la siguiente coartada. Lo cierto es que los aspirantes a galanes se habían aprendido que las tres se levantaban como auténticas zombies por las mañanas y no sabían en que planeta habitaban hasta varias horas después de llegar al trabajo, así que a partir de las ocho de la mañana el teléfono empezaba a repiquetear como una metralleta. Los pobres incautos se las prometían muy felices después de amarrar una cita y luego volvían a llamar por la tarde para confirmar la hora de recogida.

“¡No!, ¡no puedo haber quedado con el plasta de zutano, no es posible! ¡Si yo lo que estoy esperando es que me llame perengano que es el que me gusta de verdad!, gritaban invariablemente ellas cuando les anunciaban la llamada. Empezaba entonces a cocinarse el subterfugio con una única receta: cuanto más absurda la bola, más posibilidades tiene de ser engullida. Veamos algunos ejemplos dignos de pasar a la historia:

-“La lavadora ha estallado (sic) y estamos achicando agua como locos. No me puedo mover porque tenemos que tirar de la moqueta para que no encoja. No, no, te agradezco pero no puedes venir a ayudarnos porque mi madre anda en camisón, empapada, hecha unos zorros y no quiere que la vea nadie (nuestra madre, por supuesto, no estaba ni en Madrid).

-“Hemos puesto una nueva puerta blindada que tiene una llave super especial, la HJ-27, de la que solo existe una copia y la hemos perdido. No podemos salir de casa hasta que el lunes venga de viaje mi padre con la original. No, no te preocupes por pasarnos jamón de york por debajo de la puerta. Tenemos la despensa llena de latas de fabada Litoral”.

Lo increíble es que el método funcionaba siempre. O casi siempre. Un día, un incauto que había sido víctima de estas engañifas demasiadas veces pasó por encima de mi cadáver de colaboracionista para acabar encontrando, después de revolver la casa un buen rato, a mi hermana Dolores escondida en el fondo de un armario, entre los abrigos de mi madre.

Con este pesado bagaje a mis espaldas, es lógico que cuando oigo lo de “ya sé que habíamos quedado pero mi tía Encarna acaba de llegar de Badajoz” difícilmente pueda volver a llamar a la sujeta en cuestión. Sin embargo, lo que más me duele es que podría habérselo currado un poco más. Quizá una abducción alienígena. Creo que esa excusa es de las pocas que dejaron en el tintero mis hermanas.    
 

 

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