Cilento, Nostalgias de mozarrella E-mail
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Artículos - Artículo sobre Viajes
Escrito por Gervasio Posadas   

Para los turistas de campo y playa, la bota que forma la península itálica termina unos kilómetros al sur de Nápoles, en la Costa Amalfitana, un lugar mítico, lleno de glamur, un paisaje de ensueño con sus villas colgando sobre el azul turquesa de las aguas del Mar Tirreno. Todos hemos oído hablar de Amalfi o Positano, puntos de encuentro de intelectuales y artistas, desde Bocaccio a Ingrid Bergman pasando por Wagner, Ibsen, Orson Wells o Greta Garbo. No cabe duda que se trata de un destino que hay que visitar al menos una vez en la vida, sin perdonar una visita a la magnífica trattoria Cumpa Cossimo en Ravello, uno de los resataurantes donde más he disfrutado de la gastronomía italiana. Sin embargo, no les voy a engañar: en los meses de julio y agosto la Costa Amalfitana se convierte en un infierno, una autentica trampa para turistas donde hay más posibilidades de que un autobús te despeñe de un golpe por un acantilado que de encontrar un lugar donde poner la toalla en una de sus diminutas calas. En esa época del año, el viajero avispado deja de lado el glamur y busca algo más auténtico. En este caso, lo tiene muy cerca, a solo unos cincuenta o sesenta kilómetros. Pasando Salerno llegamos al Cilento, una región casi desconocida para los que no son italianos, una tierra de miel y leche, en este caso de búfala, ya que nos encontramos en una de las mejores zonas de producción de la mozzarella.

Aquí no encontraremos famosos, ni Ferraris ni tiendas de diseño, sino un salto atrás en el tiempo, a lo que solía ser el veraneo hace treinta o cuarenta años. Esto se debe a que la mayor parte del Cilento es un enorme parque natural que ha impedido la construcción despiadada que se ha vivido en casi toda la costa del Mediterráneo. Aquí la altura máxima de los edificios es cuatro plantas, no hay discotecas, no hay grandes centros comerciales. Tampoco autopistas. Hablando de un viaje en el tiempo, podemos empezar este recorrido por esta zona en Pestum, donde nos  con los templos griegos mejor conservados de Italia. También podremos disfrutar con uno de los mejores restaurantes de la zona: Symposium.  Siguiendo por la costa, llegaremos a Castellabate, que es posible que ustedes conozcan con otro nombre si han visto la película “Bienvenidos al sur”. En esta zona, los antiguos pueblos están en la montaña, para protegerse de los piratas, y los nuevos en la costa, de forma que cada localidad tiene su gemela. En este caso, y debido al éxito de la película que mencionábamos y a su larga playa, Santa María de Castellabate es el único lugar de Cilento con lo que podríamos llamar turismo masivo. A pesar de eso, y gracias a las restricciones de la construcción, no deja de ser un precioso pueblo de pescadores adornado de palacios del siglo XIX. Un buen lugar para degustar los productos del Tirreno es La Taverna del Pescatore. Os recomiendo que os dejéis tentar por sus suculentos espaguetis con erizos de mar.

Pasando por Acciaroli, donde, como no, también pasó largas temporadas Hemingway, nos encontramos con Pioppi. Aquí nació el concepto de la dieta mediterránea de la mano del cardiólogo americano Jeremiah Stamler que durante varios años estudio los saludables hábitos alimenticios de sus habitantes. Una siesta en su playa después de haber disfrutado de unos paccheri  con calamares, tomates y aceitunas en el ristorante Suscettibile, nos harán entender cuanta razón tenía este sabio. Para los que no conozcan esta pasta, algo así como unos penne gigantes, os dejamos esta receta: https://www.youtube.com/watch?v=DyzZgn8wQfc

Ascea, unos pocos kilómetros más allá, es la cuna de la filosofía, el lugar de nacimiento de Parménides y Zenón, pero para llegar al pueblo más bonito de Cilento hay que tomar una carretera algo precaria que nos conduce a Pisciotta, un laberinto de calles medievales construido sobre terrazas llenas de olivos. Allí se produce el mejor aceite de la zona y son famosas sus anchoas. Una experiencia única es bajar al puerto y degustarlas directamente en los pequeños puestos de los pescadores.

Sin embargo, lo que para mi hace único al Cilento es su combinación, en muy pocos kilómetros, de playa con sus grandes bosques y montañas, nombrados reserva mundial de la Biosfera por la Unesco. Allí podemos pasear entre hayas y encinas centenarias o por las desiertas calles del pueblo fantasma de Rosigno Vecchia. Más allá llegamos a Laurino, con sus frescos medievales y sus vistas espectaculares de las estribaciones de los Apeninos.

El Cilento nos deja un sabor a higos, a queso fresco, a vino áspero, a limones de verdad, a un Mediterráneo que creíamos perdido, pero que nos pide volver antes de habernos ido de allí.

 

 

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