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Artículos - Cajón de sastre
Escrito por Publicado en el Huffington Post   

Si hay una verdad entre todos los típicos tópicos que circulan sobre esta vida es que con la edad nuestros defectos y virtudes se acentúan. Bueno, dejando lo de ser correcto políticamente para otro día, son solo los defectos los que se hacen cada día más visibles, como un enorme grano rojo en la nariz que crece y crece. El de izquierdas se vuelve chavista, el de derechas nostálgico de Tejero, el gordo plasta pero simpático se convierte en el insoportable corredor de maratones, la amiga que lo organizaba todo en una maniaca del control, el ingenioso en una máquina repetidora de chistes congelados, el roñica en avaro, el despilfarrador en pobre cabreado, etcétera, etcétera.

El proceso de transformación es gradual, comienza poco a poco, sin que apenas nos demos cuenta, pero va cogiendo velocidad según vamos acercándonos a los cincuenta. Cuando nos queremos dar cuenta estamos rodeados de caricaturas de lo que solían ser nuestros amigos en los tiempos en que éramos jóvenes y guapos, o por lo menos así lo recordamos. El rasgo más acusado de este síndrome de transformación paulatina es que llegado un determinado momento a nadie le importa un pito lo que le cuentes de tu vida.

Da igual que tengas amigos estupendos, de esos que siempre responden: a menos que tengas un cotilleo muy jugoso o que te hayan nombrado ministro es casi imposible sacar a la gente de su ensimismamiento, de la burbuja cotidiana que los encierra y chupa todas sus energías. No digamos nada si tienes un problema. En el mejor de los casos, te miran distraídos mientras ojean su móvil y responden parecido a esto: "Eso es como lo que me pasa a mí. Resulta que..." Y te meten un largo rollo sobre sus propias tribulaciones sin que puedas volver a enlazar con lo que querías contar. Acabas siendo un mero mamporrero de las batallitas ajenas.

También está la escuela que podríamos llamar "menudo día llevamos, a ti se te ha muerto tu padre y yo he perdido mi boli favorito", los que piensan que tú no tienes de qué quejarte, que ellos sí tienen problemas de verdad, que lo tuyo es un simple catarro y lo suyo la peste bubónica.

Por último, tenemos el colectivo más terrible, la tribu de los seguidores de Eduardo Punset y de los santos patrones de la autoayuda. Estos te miran con una mezcla de compasión y fastidio y te explican, como si fuera la primera vez que lo oyes, que la vida es maravillosa, que mañana será otro día, que Dios cierra una puerta pero abre una ventana. Normalmente abrochan la cita con alguna historia ejemplar. Sin ir más lejos, el otro día, mientras le contaba una duda metafísica sobre mi existencia, una buena amiga intentaba convencerme, muy seria, de que no me preocupase, que todo era para mejor, que cada vez que se iba la cuidadora de sus hijos le parecía que era el fin del mundo, pero que siempre aparecía una nueva niñera que era mucho mejor.

Que conste que no estoy hablando de ametrallar a tus amigos con desgracias (en estos tiempos todos tenemos las nuestras), sino intentar compartir solo de vez en cuando ese problema, pequeño o grande, que no deja de rascarnos la conciencia. Lo malo es que tampoco podemos ya abandonarnos a la metadona alternativa: los psiquiatras prefieren anestesiarte con Prozac a seguir escuchando tus chorradas y los curas bastante tienen con digerir los nuevos aires que vienen del Vaticano.

Por eso os animo a todos vosotros a hacer un esfuerzo por escuchar los problemas de nuestros amigos, a dedicarles por ejemplo aunque sea diez minutos a la semana, sin interrumpir, sin mirar al techo o al reloj. Para que veáis que me aplico mis propias recetas, yo voy a empezar hoy mismo. A ver, tú, el bajito de bigote que se está mordiendo las uñas: ¿Qué te preocupa? Ajá, interesante, ajá, ajá, bien, vale... Lo siento, ¿qué estabas diciendo? Perdona, me acabo de acordar que he dejado un grifo abierto. ¿Te importa si continuamos otro día?

 

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