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Artículos - Artículo sobre Viajes

En estas épocas estivales no hay forma de escapar a algunas tradiciones. Por ejemplo, nuestros clásicos amigos plastas o bien nos machacan con sus fotos de sus viajes o bien se empeñan en explicarnos con todo lujo de detalles el Moctezuma salvaje que pillaron en algún paraíso tropical. Me imagino que la mayoría de vosotros, puestos en la terrible tesitura de elegir entre  tragarse  quinientos retratos de la mujer y los críos del individuo en cuestión y aguantar un recorrido por los distintos retretes del Bajo Amazonas, pensaréis con vuestro optimismo congénito que lo último es mucho menos probable. Malas noticias: según un concienzudo estudio del New England Journal of Medicine, un 35% de turistas que visitan países del segundo o tercer mundo se cagan vivos en algún momento del viaje.

Y es muy probable que muchos de tus amigos estén incluidos en esta estadística. Ante esta situación dramática yo me pregunto, ¿no podría la gente contraer durante sus vacaciones enfermedades algo menos prosaicas y más poéticas? Por ejemplo, no conozco nadie que haya contraído el síndrome de Jerusalén, que es incomparablemente más divertido que una diarrea. Para aquellos que no conozcáis este simpático fenómeno, es un cuadro psicótico que ataca a los visitantes a la Ciudad Santa y cuya principal manifestación es que el turista, trastornado por el ambiente religioso que respira, cree convertirse en un personaje bíblico.  El más habitual es el profeta Elías pero también se dan bastantes Moiseses, algún Jesucristo y de vez en cuando una Virgen María, aunque, como es una enfermedad muy ecuménica y afecta tanto a cristianos como a árabes y judíos, abundan los personajes del antiguo testamento. Si cuando llegas a Jerusalén ves a tu mujer presa de una súbita excitación, si luego empieza a cantar himnos religiosos a voz en grito y acaba por subirse a una piedra y dar un sermón a todo el que pasa por allí, ya sabes que se ha cogido el dichoso síndrome.

Los japoneses, siempre tan especialitos  para todo, tienen su propio síndrome viajero: el síndrome de París.  Básicamente consiste en ansiedad y de manía persecutoria causado por la impresión de llegar a una ciudad de la que han oído mucho hablar pero en la que no comprenden ni “pomme de terre”  ni saben interpretar los rasgos culturales ni los gestos de la gente.  Si esto nos pasara a los españolitos dirían que somos un atajo de paletos pero, como los japoneses tienen más lustre, les crean su propia enfermedad a la carta y le ponen un nombre con “allure”.

De los que desconfiar son de los amigos que te digan que han sufrido durante las vacaciones el síndrome de Stendhal o  estado de agitación similar al que sintió este escritor francés cuando visitó la Basílica de la Santa Croce y quedó apabullado por tantas magníficas obras de arte.  El que te cuente semejante cosa es el típico que se las quiere dar de sensible, un tío más cursi que “la casa de la pradera”, y esa gente es mejor tenerla lejos. Además, si Stendhal,  gran vividor, estuviese vivo en nuestros días, se olvidaría de las iglesias de Florencia,-desafortunadamente infestadas de colegiales,  grupos de turistas y demás ralea en serie de todo el mundo-y buscaría una buena mesa para degustar la comida toscana. Como la de “il Santo Bevitore” ,  “la Vecchia Bettola” o “Nove”, donde podría disfrutar del paisaje mientras daba cuenta de una buena trippa o una bistecca a la fiorentina y saboreaba una copa (o varias) de Brunello de Montalcino. Porque puestos a enfermarse en un viaje, más vale coger una buena indigestión y luego contar a tus amigos todo lo que has comido. Seguro que te lo agradecen.

 

 
Comentarios (1)
Mordaz síndrome...
1 Sábado, 17 de Diciembre de 2011 22:44
Ya podían hacerte caso más de uno siguiendo tus consejos. Odio los viajes programados y con experiencias de folleto de viajes de cualquier agencia de cuyos nombres no quiero dar publicidad...

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