RECETAX (con X de seXo)
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Artículos - Artículos sobre Gastronomía
Escrito por Gervasio Posadas. Publicado en GQ   

Llega la primavera, caen los abrigos, suben las faldas y nuestro instinto cazador se despereza. Sin embargo, de pronto nos sentimos inseguros, extrañamente cohibidos. No, no te pasa nada nuevo. Desde el albor de los tiempos, el hombre ha sentido esporádicamente esta timidez frente a un primer polvo y ha buscado solucionarlo a través de los alimentos: la Biblia ya menciona los higos y los dátiles como frutos que levantaban los ánimos más alicaídos; los emperadores de China invadían periódicamente la península de Corea para proveerse del tan traído y llevado gingsen y en la antigua Roma el famoso Galeno andaba tan despistado que recomendaba alimentos “calientes, húmedos y ventososos”. Es decir, flatulentos, una receta realmente devastadora para una noche de pasión. Para que luego llamen a este hombre el padre de todos los médicos. Por su parte, Giacomo de Casanova, que de este tema debía saber algo más, tenía su propia pócima secreta: la ensalada de huevos. La  receta parece bastante sencilla pero el elemento fundamental, salsa de la ensalada, compuesta por hierbabuena, cebolla, salvia, pimienta negra y vinagre, debía ser preparada dos semanas antes de ser empleada. Casanova le añadía luego las yemas de seis huevos recién cocidos y, según él, con esta ensaladilla era capaz de aguantar seis asaltos al hilo, pero ya se sabe que el italiano era bastante fantasma.

En cuanto a mí, ¿Qué os puedo contar? Como tantos otros adolescentes, me lancé pronto a la experimentación en este campo: con las hormonas inflamadas, parecía un buen camino para lograr que alguna señorita se prestase a mis aviesas intenciones. Después de buscar sin tregua y sin resultado el Dorado de la mítica Yumbina, hice mis primeros pinitos con una sopa Knorr de sobre preparada con ginebra Rives. Sinceramente, no le recomiendo a nadie éste preparado. Los resultados tanto en el aspecto sexual como en el gastronómico fueron muy desalentadores.  Más tarde experimenté con la famosa spanish fly, (que nunca entendí porque era tan cara si era producto nacional) espolvoreada en grandes dosis por unos espaguetis  algo crudos y tuve algo más de éxito. Relativo, eso sí: en vez de ofrecerme sus encantos, la presunta víctima acabó llevándose al asiento posterior de su R5 a otro amigo mío.

A medida que pasan los años, el interés por estos alimentos milagro cambia de forma radical. Ya no queremos usarlos para ellas sino para nosotros, para quedar como unos campeones, para que nos mientan aquello de “¡Qué barbaridad, cariño! Nunca había tenido una noche como esta”. Me considero poco amigo de la química y por ese motivo siempre he preferido intentar mezclar la mesa con la cama, aunque los resultados siguen sin ser dignos de mención. En mi recuerdo está marcado a fuego aquella infausta noche de las ostras en mal estado, pero en mis otros intentos tampoco he sentido que lo que comía mejoraba mis (ya de por sí) portentosas prestaciones, como cuando aquella novia vegetariana que me cebaba a aguacate con brotes de soja cada vez que planeaba un fin de semana romántico. Lo único que realmente me ha funcionado es el caviar (el buen caviar, se entiende), aunque nunca he sabido si se debía a que la señorita en cuestión creía que mis finanzas eran algo más prometedoras de lo que refleja mi penoso extracto bancario.  El problema es que con el kilo a siete mil y pico, la experimentación con este producto esta difícil y para salir de la duda solo me quedan dos alternativas: o consigo escribir un best seller que te cagas o le pregunto a Follet como le va con el Beluga. Pensándolo mejor, más vale que el viejo Ken conteste mi mail. 

 

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